El ojo del poeta
Pequeña antología hispanoamericana


Visión y mirada, perspectiva y espacio

¿Hacia dónde mira el poeta hispanoamericano del siglo XX?, ¿qué es lo que ve?, ¿cómo lo ve? La selección de estos poemas parte de un concepto tan amplio como sencillo y que acepta multitud de acercamientos: la mirada. Entendida aquí como la línea imaginaria que se crea entre lo observado y el ojo. Acción que se convierte en tema poético cuando cumple una función principal dentro del poema: localizar, ubicar la perspectiva de la voz del poeta.

La perspectiva es un sistema de representación del espacio. Por extensión se denomina con esta palabra al punto de vista u origen que expresa la posición tanto temporal como espacial (pero sobre todo espacial), desde la que se produce la visión, la acción de ver. Este concepto resulta, por lo tanto, fundamental en el análisis de cualquier obra de representación artística en todas las disciplinas. En muchas ocasiones, a la hora de definirlo, y según se aplique a literatura, pintura, o incluso fotografía, el término acoge como sinónimos palabras de significado tan dispar como: contexto, encuadre, localización, finalidad o intuición.

Mirar y ver, en el plano espacial, confluyen en el concepto de perspectiva, independientemente del carácter voluntario o involuntario de la acción. A través del ojo se recibe una información que puede ser analizada, deformada, almacenada u olvidada en la mente del receptor y expresada, transmitida a través de la palabra. El ojo, como órgano receptivo, aparece siempre en la poesía como una frontera entre el exterior y el interior, como una fuente de información y sensaciones para el cerebro o el alma, por lo que el poeta lo nombra constantemente. La mirada es un símbolo de la poesía misma.

En la creación de la voz poética, la acción de ver es de gran importancia en cuanto que permite al poeta situarse, posicionarse en el mundo a través de su mirada, y con ella su identidad, su ideología, su naturaleza o sus sentimientos. Tanto es así que podríamos decir que un poeta es su mirada: nuestro pensamiento es definido por lo que vemos y por cómo lo vemos.

La plasmación de lo que se observa, de lo que se mira, o de lo que simplemente se ve alrededor es tan antigua en la creación poética como la poesía misma. El autor quiere expresar lo que ve, transmitir la experiencia como una parte de su existencia que aglutina infinidad de datos, llegando incluso a sintetizar su vida. No en vano, se habla tanto de “la visión del mundo” de tal o cual poeta.

Del mismo modo que la mirada emplaza los dos extremos de este hecho dual, es decir, el observante y lo observado identificándolos mutuamente, también se puede convertir en un recurso del que el poeta se sirve para desubicarse, desplazarse, o incluso desmaterializarse en los casos en los que sólo se menciona la línea de visión, es decir, cuando se omite la propia voz y por lo tanto el ojo. El poeta observa el espacio (ya sea este físico o mental) para imitarlo o desecharlo, en cualquier caso para reconstruirlo o versionarlo en el poema. La mirada también aporta datos sobre la identidad porque incluye lo otro, el manido concepto de la otredad, aunque en ocasiones se omita, aunque no exista o aunque sea indiferente.

La mayoría de las veces el poeta ve su entorno, pero también puede imaginar la visión u observar objetos, cuando no es observado por ellos, porque como recuerda el pequeño poema de Machado:

El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve.

Estos sencillos versos, casi a modo de trabalenguas, desprenden una inquietante reflexión sobre el hecho de ver en la que se adivina la importancia de las posiciones en el flujo de la comunicación poética.

La acción de ver es reversible y multifuncional en el poema, es tan válida para configurar realidades como para destruir estructuras de conocimiento, como para reanalizar el orden natural. Vale igual para desmitificar la realidad que para confirmar ideales, inspirar unos nuevos o reflexionar sobre la naturaleza misma de la realidad que “se ve”.

Un claro ejemplo es el del poema de amor. En la tradición poética el amor entra y sale por los ojos. El dios Amor es ciego, carece de perspectiva debido a su posición divina. Se dice incluso que existe... el amor a primera vista.

La visión también tiene un papel fundamental cuando se relaciona con la ideología, lo social o la política. Es uno de los procedimientos más importantes en la literatura de denuncia, la observación de las injusticias motiva su crítica, la posición del ojo, en este caso, determina el tono del juicio: sátira, sarcasmo, reprobación o condenación absoluta.

La voz se encuadra dentro del espacio creado, de forma activa, desplazándose hacia dentro del poema, participando, o pasiva, alejándose, contemplando. En la creación de su universo particular es de gran importancia esa trayectoria de la mirada. La atención se enfoca a una realidad concreta o abstracta. Hacia cosas o personas, hacia el entorno, el paisaje, hacia el espacio, hacia las multitudes, hacia el cosmos…

La ausencia de visión, la ceguera, también describe una perspectiva concreta, lo mismo ocurre cuando se desconfía de lo observado, cuando se mira pero no se ve, cuando se ve lo invisible (recordemos a los místicos) o cuando se ven dos o más cosas a la vez, en ese recurso narrativo decimonónico tan importante que es la multiperspectiva.

Los conceptos de luz y sombra, por lo que estamos diciendo aquí, son importantes también. Como vemos en los grandiosos versos finales del poema Primero sueño, de Sor Juana, lo luminoso es el ámbito de la visión y la revelación:

Consiguió al fin, la vista del ocaso
el fugitivo paso
y en su mismo despeño recobrada
esforzando el aliento de la ruina,
en la mitad del globo que ha dejado
el sol desamparado,
segunda vez rebelde determina
mirarse coronada,
mientras nuestro hemisferio la dorada
ilustraba del sol madeja hermosa,
que con luz juiciosa
de orden distributivo, repartiendo
a las cosas visibles sus colores
iba restituyendo
entera a los sentidos exteriores
su operación, quedando a la luz más cierta
el mundo iluminado, y yo despierta.

No hace falta rastrear los términos geométricos que determinan el espacio, ni los de fuga, horizonte, verticalidad, proyección, simetría, línea, etc., para entender el fenómeno de la perspectiva, aunque abundan en la poesía hispanoamericana.

La mayoría de las referencias espaciales se establecen en relación con el individuo por lo tanto la visión parte de un punto, y llega a otro. Pero en la realidad del poema, el lenguaje recrea el espacio, invierte las direcciones, negativiza las formas, modifica las dimensiones, omite los itinerarios o los conduce por parajes inexplorados.

Evidentemente, las “cosas que se ven” no son las mismas en todos los lugares, ni tienen en nosotros la misma repercusión. En cada uno de estos poemas, y aunque resulte obvio, la voz del poeta representa una mirada diferente. Las miradas y los espacios varían en cada uno de ellos: Vallejo presenta una mirada contradictoria en cuanto al punto de partida y la finalidad, en una reflexión sobre el desengaño y la duda en el espacio de la existencia y del conocimiento. Eduardo Mitre reflexiona sobre la asimilación de una visión reveladora: la presencia, que equivale al paraíso esperado. La visión de un sueño amoroso en oposición a la realidad visible es el entorno de la mirada en el poema de Delmira Agustini, desde una perspectiva que oscila entre la esperanza y la luz y el miedo y la sombra. En el poema de Hinostroza se plantea el cosmos y la visión del hombre enamorado desde el espacio de la naturaleza. La mirada reversible aparece en el fragmento de Altazor de Vicente Huidobro, en él podríamos decir que desaparece la perspectiva, el canto vertical de la caída en paracaídas como la representación de cómo la poesía puede llegar a experimentar desde infinidad de ángulos la visión del espacio. Octavio Paz identifica la visión con la lectura del mismo poema a través de la trayectoria de la mirada. La disposición tipográfica participa del movimiento del ojo... El pequeño poema de Luis Vidales reestructura el hecho de la observación científica, y por lo tanto el análisis de la realidad. Amado Nervo presenta un poema en el que la libertad anhelada se ve a través de las limitaciones conceptuales que imponen el espacio y el tiempo. En Nocturno alterno, de José Juán Tablada, se ven dos espacios simultáneos desde la perspectiva de la luna en una visión totalizadora a través de detalles paralelos en diferentes realidades. La sinestesia, tan importante en el tratamiento de la mirada, mezcla el olfato con el sentido de la vista en el poema (quizá amoroso) de César Moro, en el que la relación con el otro se desarticula en inquietantes imágenes y olores. La noche oscura identificada como una inmensa pupila es el espacio para reflexionar sobre la propia existencia en el poema de Olga Orozco.

Estos poemas han sido escogidos por el mero hecho de mencionar en ellos la mirada, la visión (o la acción de ver), o, simplemente, el ojo. Pertenecen a países y épocas distintas. Aunque se ha intentado cubrir el máximo de focos posibles, conforman un claro ejemplo de las posibilidades de la visión o de la mirada en el poema. Se presentan este trabajo sin entrar en las parcelas de la crítica literaria, que se refieren a las generaciones o a los movimientos, ni, con la finalidad de definir el concepto de la perspectiva en cada uno de esos “bloques”. Al tratarse de un tema tan mutable, personal e intransferible (por lo que hemos explicado arriba) resultaría ocioso intentar encuadrar la visión de cada poema en la corriente literaria de su autor. Y, aunque me hubiera gustado obtener algún tipo de conclusiones en cuanto a las relaciones entre cada movimiento poético de Hispanoamérica y este concepto llamado “el ojo del poeta”, he de confesar que no he sido capaz, por lo que la mejor opción es, sin duda, exponer estos doce poemas, identificando a lo sumo la mirada o la visión, en relación con la perspectiva y el espacio en cada uno de ellos.

Para finalizar esta breve introducción y comenzar la lectura, sería interesante ver la posición que expresa el manifiesto de Martín Fierro (Argentina) de 1924 respecto a la representación de lo que se ve en relación con el espacio y el entorno. En este texto vanguardista encontramos la clave de que el ojo determina la libertad del poeta del siglo XX a la hora de localizar su poesía, su mirada:

Martín Fierro sabe que "todo es nuevo bajo el sol", si todo se mira con unas pupilas actuales, y se expresa con un acento contemporáneo; Martín Fierro se encuentra por eso más agusto en un transatlántico moderno que en un palacio renacentista y sostiene que un buen Hispano Suizo es una obra de arte muchísimo más perfecta que una silla de mano en la época de Luis XV.